Desde
los tiempos más antiguos las ideas acerca de la combustión han
procedido de una detallada observación del fuego. A partir de
1650 el interés por este fenómeno radicaba en la posibilidad de
encontrar nuevas aplicaciones al fuego y, `por medio de la máquina de
vapor, obligarle a realizar los trabajos duros de la tierra. Este
creciente interés llevó a los químicos a una nueva conciencia del
fuego.
Según las antiguas concepciones
griegas, todo lo que puede arder contiene dentro de sí el elemento
fuego, que se libera bajo condiciones apropiadas. Las nociones
alquímicas eran semejantes, salvo que se concebían los combustibles
como algo que contenía el principio de "azufre" (no
necesariamente el azufre real).
En 1702, Georg Ernest Stahl
(1660-1734), desarrolló la teoría del flogisto para poder explicar la
combustión. El flogisto o principio inflamable, descendiente directo
del "azufre" de los alquimistas y más remoto del antiguo
elemento "fuego" era una sustancia imponderable, misteriosa,
que formaba parte de los cuerpos combustibles. Cuanto más flogisto
tuviese un cuerpo, mejor combustible era. Los procesos de combustión
suponían la pérdida del mismo en el aire. Lo que quedaba tras la
combustión no tenía flogisto y, por tanto, no podía seguir ardiendo.
El aire era indispensable para la combustión, pero con carácter de
mero auxiliar mecánico.
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